lunes, 18 de enero de 2010

... UNA OBRA DE TEATRO

Por fin, el pasado día 15 de enero, tuvimos que ir disfrazados en función de lo que nos había tocado. La mecánica que seguimos en esta clase fue que, uno por uno, salimos al frente de la clase con nuestro disfraz y explicamos por qué nos habíamos vestido de aquella manera en concreto.

Como ya dije en el post anterior, a mí me toco vestirme para el teatro. El disfraz que escogí para ello, era de griega o egipcia, según se mire.


Elegí este disfraz primero, porque cuando saqué el papelito de la obra de teatro me acordé de una representación que tuve que hacer en 1º con mi amiga y compañera Pilar, entre otras integrantes más.

Esta representación consistió en una adaptación que hicimos del cuento de la Cenicienta protagonizada por unas ninfas. El traje de griega que me puse me evocó aquella situación en la que, disfrazadas, tuvimos que grabar un corto en el parque «El Capricho», donde la gente se detenía a mirarnos y a hacernos fotos. Recuerdo especialmente a los niños que rodearon la zona en la que estábamos grabando y nos miraban maravillados por nuestros disfraces disfrutando la historia que aquel día representamos.

Una segunda razón para la elección de este disfraz es que el teatro nació a finales del siglo VI a.C. en Atenas (Grecia). Aunque existen varias hipótesis sobre los orígenes del teatro griego, parece claro que tuvo su origen en las fiestas celebradas en honor al dios Dionisos, alrededor del siglo VI a.C. En estas fiestas, grupos de personas disfrazadas de machos cabríos (tragoi en griego, de ahí el nombre de tragedia) relataban episodios de la vida de Dionisos. Cada uno de ellos iba dirigido por un individuo (el corifeo) que dialogaba con el resto del coro. Con el tiempo, fueron apareciendo actores que dialogaban tanto con el corifeo como con el resto del coro; lo que empezó siendo una comparsa se convirtió en una representación, que se asentó definitivamente al llevar la representación a un lugar fijo: el teatro.

Mientras yo estaba subida en la tarima presentando mi disfraz la profesora me pidió que me pusiera dos caretas; una blanca y una roja. Después preguntó que cuál gustaba más o cuál daba más miedo y las respuestas fueron muy diversas. Explicó que la elección de un color u otro estaba relacionado con su simbología y lo que representa ese color para nosotros.

El blanco es el color de la unidad y de la pureza. Sólo él refleja todos los rayos luminosos de donde emanan los colores primitivos y la infinita variedad de matices que dan vida a la naturaleza. El blanco es como un espejo que refleja el universo, su vibración nos devuelve a nosotros mismos, nos entrega una imagen de nuestra inocencia perdida, nos purifica de las miasmas de la vida, representando un ideal de claridad y trasparencia.

Sin embargo, el rojo se considera agresivo, vital, cargado de energía, afín al fuego, y sugiere tanto el amor como la lucha entre la vida y la muerte. Es como la sangre y la pasión. Excita y estimula la mente, aumenta la tensión muscular y la capacidad de la respiración. El rechazo al rojo acompaña frecuentemente a la fatiga psíquica y nerviosa, a la falta de vitalidad, inquietud, impotencia o pérdida de apetito sexual.

Tras ver las fotos que mis compañeros me hicieron con una y otra careta he de decir que yo prefiero el blanco. Además, esta careta estaba en armonía con el color del disfraz.

También debo decir que, personalmente, lo que menos me gustó fue el hecho de ponerme las caretas. No me ponía una desde que yo misma cursaba el 2º ciclo de primaria y he de decir que el otro día tuve una sensación algo claustrofóbica y restrictiva, y no fue nada agradable. Nunca me ha importado ponerme antifaces pero con las caretas parece que alguien me esté sujetando y comprimiendo la cara. Eso me hizo sentir algo encerrada, lo cual es muy interesante porque la ropa o “disfraces diarios” que nos ponemos dependiendo de la situación es lo que va a marcar o “limitar” nuestra forma de actuación y nuestro comportamiento en ese momento.


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